Ayer me levanté más tarde de lo habitual, me di una ducha,
preparé el desayuno para la casa y me colgué el bolso y la cámara. Teníamos
previsto un paseo, nada complicado según me habían dicho. Un lugar muy cerca de
aquí. Agradecí la no paliza de coche y poco más. Ayer me levanté bastante “plana”
No en vano los días van haciendo mella, el cansancio y la fatiga físicos se
unen al mental y parece que una no esté tan receptiva en determinados momentos.
Vamos a dar un paseo en barca, me dijeron. Bien, algo tranquilo. Me apetecía un
sábado relajado, sin hacer trabajar demasiado a mi mente, que viene la pobre ya
un poquito fatigada del atiborre de sensaciones y de vivencias durante casi un
mes. Un mes intenso. Muy intenso. En distintos aspectos. Para bien y para no
tan bien. Así pues, un paseo en barca tranquilo. Perfecto. Pintaba bien.
Llegamos a un rinconcito del barrio, muy cerca de aquí que daba a un lago. El
lago Nokoué. Al llegar lo primero que vi fue una pequeña becerra negra… qué
cosas tiene este continente! Y un movimiento brutal de gente. Como siempre
ocurre aquí. En cada rincón hay un pequeño mercado. En este caso era un mercado
de pescado. Sí, vale, hasta ahí ninguna sorpresa; un mercado de pescado junto a
un gran lago. Y ahora qué?Alquilamos una barca grande que un señor maduro y
grandote nos ofreció por un precio un poco más asequible del que rezaba en los
carteles junto a una especie de taquilla. Él nos llevaba en su barca propia. Eso
no es ilegal, se puede hacer, y además el hombre se lleva el dinerillo para su
familia y no para una empresa.
A la derecha del embarcadero un puñado de obreros (muchos de
ellos niños y adolescentes) construían a base de palazos de arena una especie
de lengua de tierra que se adentrase en el lago unos 200 metros para que los
turistas pudiesen pasear. Subimos a la barcaza y me tocó por azar en el primer
banco. Empezamos a movernos. La barca iba a motor y enseguida empezamos a
cruzarnos con decenas de barcas, algunas a remo, otras a vela; la mayoría
llevadas por mujeres, algunas por niños y muy pocas por hombres. Las mujeres se
tapaban la cara con las manos al ver la cámara o, directamente, miraban para
otro lado mientras seguían remando. Y, sí, por supuesto que es parte de su
intimidad, de que están hartas de que vengan “yobos” como yo con sus cámaras al
cuello a retratar un momento especial de sus vacaciones o de lo que sea. A
ellas no les importa lo más mínimo qué hacemos mi cámara y yo allí. Ellas están
trabajando. Igual tuvieron una mala noche, o un mal día, o les duele la cabeza
o, sencillamente, les toca un pie que una tía a la que no conocen de nada tenga
el descaro de enfocarlas sin pudor desde la barca contraria… Lo sé. Me reprimo
todo lo que puedo y más, de hecho saco la cámara la mayoría de las veces con
muchísima prudencia, casi siempre pido permiso para fotografiar a las personas.
Pero reconozco que hay veces en que los dedos me van solos. Son actos reflejos.
Hay tanta vida y tanta belleza en tantas cosas que veo a diario que,
egoístamente, quiero retenerlo y quedármelo para siempre. Sí he de decir que
cuando alguien se ha molestado al ver mi cámara no le he hecho la foto jamás y
si ya era demasiado tarde y la había tomado esa foto se borra en ese mismo
instante. Bien, pues después de unos diez minutos lago adentro, curioseando un
paisaje grisáceo y lleno de redes, de pandorgas y de nasas y habiendo dejado
atrás ya la primera estocada cuando el guía me explicó que esos techos medio
derruidos construidos sobre cuatro troncos clavados en el fondo del lago eran
los palafitos donde los pescadores hacían noche cuando se levantaban muy
temprano esperando para pillar el mejor sitio donde trabajar al amanecer…
Justo
entonces aparece ante nosotros el pueblo de Ganvié.
Un poblado construido sobre
el lago, según escuché, en un tiempo en el que se huía de la esclavitud poniendo
el agua como barrera y que a día de hoy es un pueblo, fundamentalmente,
pesquero. Las primeras casas que se ven son de chapa, como naves de techos a
dos aguas con las paredes de uralita y de unos 20 metros cuadrados como mucho.
Parecen robustas. Se erigen sobre camas de troncos gruesos clavados en el fondo
que está a unos dos metros de la superficie. La primera parada que hacemos es
en una especia de galería donde dos artistas venden sus cuadros y camisetas
pintadas a mano. En las escaleras de acceso se quedan tres niños que vienen
corriendo cuando nos ven aparecer y que nos piden en fon que les demos “un
regalo” (dinero, obviamente) Hasta ese momento el sitio me resultaba curioso,
algo diferente a lo que había visto hasta ahora.
Y entonces ocurrió. La barca tuerce a la derecha y envara
una “calle” recta donde las casas ya no son de uralita, algunas ni siquiera
tienen techo o están a punto de perderlo. De repente la vista se nubla por la
cantidad de información que percibe. Amasijos de chozas sobre el agua, sobre
palos gruesos, algunos venciendo de una manera irracional a la ley de la
gravedad más grave, tanto que parece que se van a ir al agua a la menor ráfaga
de viento. De repente no sabes dónde empieza una y acaba otra. De repente sólo
ves trozos de telas de colores apagados y raídos a modo de puertas mezclados
con manojos de algo parecido a paja seca de color gris. Niños en las puertas
medio desnudillos, señoras sentadas cogiendo aire o hablando con las vecinas,
la cabeza de alguien (no sé si hombre o mujer) llena de jabón que curiosea por
encima de una especie de biombo hecho de cañas.
Me explica el dueño de la barca
que eso son los baños. Mi boca se abre sin poder remediarlo. Sólo algunas casas tienen baño y lo
construyen por fuera, pegado a la entrada, son cuatro paredes hechas de caña y
telas y en el centro del suelo dejan un hueco que sirve de letrina directa al
lago. Por ese mismo agujero introducen un cubo con una cuerda y suben agua para
poder asearse. Las viviendas no tienen agua potable. Sólo un par de vecinos
cuentan con depósitos grandes de agua potable (que no conseguí saber si la
traían de algún sitio o la potabilizaban allí) y venden a los demás agua a
granel para consumo. Debo reconocer que la imagen de ese baño me dejó un poco
en stand by… Mi cabeza empezó a analizar un millón de cosas. Y llegamos al
centro del pueblo. Mercado flotante. Cuánta belleza junta en unos pocos metros.
Aquí los puestos eran las propias barcas. Cada una vendía algo diferente.
Madera, alimentos, telas… Cada una anclada con el género bien colocado,
amontonadas todas en el centro del pueblo, sobre el agua, a modo de improvisada
plaza sin suelo. Y chozas, cientos de chocas alrededor. Llenas de gente, de
familias enteras sentadas por fuera y de barcas. Cada casa tiene al menos tres.
Una la usa el padre de familia para ir a pescar y para transportar turistas,
otra es para las señoras, para que vayan al mercado que hay en tierra a vender
el pescado que traen los maridos a casa y la otra es para los niños, para que
vayan a la escuela, o a vender al mercado. El pueblo tiene escuela y clínica de
maternidad. Tiene una iglesia y un pequeño hotel flotante.
La barca paró justo a la entrada del hotel porque había una
tienda de artesanía, preciosa por cierto, y yo aproveché después de echar un
ojo rápido a la tienda y me senté en las escaleras que daban al agua. A
observar. Necesitaba masticar todo aquello. Justo frente a mí hacían cola
algunas barcas que esperaban para comprar agua… Aquello no era una atracción
turística. Era el día a día de un montón de familias. Y mi cabeza se debatía
entre la sensación de angustia, la de admiración, la de abandono, la de
superación, la de tristeza incluso, la de admiración.
Nunca había visto tan de cerca una rutina tan absoluta y
radicalmente distinta a la que conocía hasta ahora. Y pensé en cómo el ser
humano se adapta a lo que tiene alrededor y, además, es feliz con ello. O no.
No lo sé. Siempre he dicho que la discriminación positiva me parece tanto o más
peligrosa que la negativa. No me veo (ni deseo verme, la verdad) con la
capacidad para poder determinar si esa forma de vida que tenía ante mí era
mejor, peor, regular, más justa, más injusta… Era la que era, la que había, la
que existía, la que estaba teniendo lugar justo ahí enfrente, justo en ese
momento. Y entonces admiré que existiesen tantas formas de vida, tan dignas y
tan distintas en este mundo. Que las familias nacen, crecen, se reproducen y
mueren en el entorno en el que les haya tocado o la vida les haya llevado. Que
todo puede ocurrir. Que todo sale para delante. Que basta con querer ser feliz
para que puedas serlo da igual dónde. Que quizás nosotros tenemos la facilidad
y la fortuna de no tener que cargar cubos de agua para poder beber o cocinar,
que todos tenemos un baño más o menos grande o cómodo, que nuestros hijos no
tienen que aprender a llevar los remos de un barca antes casi de aprender a
andar porque podemos llevarles nosotros a donde precisen sin problema. Pensé en
el miedo que tiene que dar que el río suba entre los meses de septiembre a
noviembre y que estos vecinos de Ganvié tengan todos un sobresuelo preparado
para elevar su vida cotidiana en esos meses y nos ser presas del agua. Pensé
también en esas noches frías y húmedas durmiendo en los suelos de cañas y en
que nadie se quejará del lumbago, porque debe ser algo más bien común por estos
lares. Pensé entonces en mi cama rica y en cómo me quejo cuando en invierno le
pido a Jose que se acueste un poquito antes que yo para que esté calentita
porque no soporto el frío en las sábanas… No soporto el frío en las sábanas… Las
sábanas preciosas de una cama grande y confortable de una habitación también preciosa
que está en una casa enorme y cálida donde la única humedad que me “amenaza” es
la de la piscina o la del césped recién regado… Mi cabeza empezó a volar. Y a
comparar. Pero no en el mal sentido. No en un sentido peyorativo hacia mí
misma. Simplemente creo que, ayer, por primera vez en mi vida, fui realmente
consciente de lo diferentes que somos. De lo diferente que es la vida a uno u
otro lado del mundo. De lo extremo que puede resultar algo que, como nunca
había visto, no me había parado a analizar. Admiro profundamente la capacidad
de adaptación del ser humano. Admiro profundamente también al ser humano que valora
lo que tiene.
Soy de la opinión de que no hay que pedir perdón al mundo
por vivir como uno vive, por preferir unas comodidades a otras. Siempre y
cuando sea de una forma limpia y honesta, sin pisar la cabeza de nadie para
conseguirlo, tenemos todo el derecho a querer obtener aquello por lo que
luchamos. Unos prefieren la vida individual, otros la pareja, otros las
familias grandes; unos prefieren vivir de alquiler, otros tener propiedades,
otros no atarse a nada y “nomadear” por el mundo; algunos hacen de su prioridad
sus carreras, otros prefieren un trabajo sencillo y sin complicaciones, algunos
otros prefieren no atarse a un contrato y buscar la forma de vivir cada día;
algunos más necesitan últimas tecnologías, últimos modelos y últimos destinos
para que su vida sea más confortable, otros prefieren cambiar de zapatos cuando
se han roto los anteriores y algunos otros entregar su vida su salario y su
trabajo diario a causas que estén en desventaja… Hay tantas opciones personales
como personas que eligen sus opciones.
Y yo he necesitado venir hasta aquí.
Pasar un mes de mi vida en este pequeño país, subirme a una barca de madera y
sentarme a las escaleras de un hotel de colores, encender un piti y mirar fijo
mientras soltaba el humo delante de mi cara. He necesitado que todo eso se dé
en cadena para ser más consciente que nunca de la diversidad. De la fortuna
personal. De que no quiero cambiar ni un ápice mi vida. De que los valores que
tengo y comparto con mi compañero de viaje, sobre los que educamos a nuestros
hijos, esos mismos que son parte de nosotros, son unos valores fuertes,
precisos y preciosos. Y una vez más me repito dando gracias a quien sea donde
sea que esté por haberme puesto aquí, por haberme llevado hasta esa escalera
ayer por la mañana, por hacer que mi cabeza frene de vez en cuando y mire
alrededor para luego mirar dentro. Y sonreír porque es bello. Lo que veo fuera.
Y lo que veo dentro.



Darse cuenta que no somos el ombligo del mundo, que aparte de la nuestra existen miles de realidades ni mejores ni peores .... simplemente diferentes es algo que no todos podemos hacer. Nuestro mundo (ese que de manera eufemística denominamos primer mundo)posiblemente sea más cómodo, más seguro,más variado.... paro no tengo más claro que sea más feliz....que otros mundos.
ResponderEliminarAmor tienes la suerte de ser capaz de ver más allá de lo evidente, con el objetivo de tu cámara captas lo que los ojos no aciertan a ver...Y después tienes la virtud de saber transmitirlo para que los demás podamos por un instante acercarnos a una de las múltiples realidades que están detrás de la puerta de nuestro mundo inmediato.
He aprendido mucho leyendo lo que nos cuentas... y sobre todo me has despertado el "gusanillo" de querer saber más...
Es un placer y una suerte el poder compartir a través de tus ojos, tus oidos, tu olfato.... una parte de esa realidad que tan lejana nos parece y tan próxima está....
Y para mi es una suerte de verdad que estés aquí....