Y hoy me acuerdo de Antonio Vega y de ese sitio donde me llevó la imaginación tantas veces y que, resulta que por obra y gracia de la suerte que tengo en esta vida, se ha materializado y es el sitio donde ahora vivo...
Resulta que el sitio donde vivo no se parece en nada a
ningún sitio donde haya vivido antes. Vivo en un pequeño barrio (Akassato) que
pertenece a una gran ciudad (Cotonou) Esa ciudad es la capital financiera de un
pequeño país africano llamado Benín. Su capital administrativa es Porto Novo,
que está a unos 30 kilómetros de distancia y pegadita al mar. Cotonou es más “moderna”
y tiene una vida más joven y más alegre que Porto Novo. Las calles de mi barrio
son como pequeñas atracciones de feria. En Akassato sólo hay una carretera
asfaltada que llega en línea recta hasta Cotonou, pero el resto de las calles
son de tierra, con unos baches impresionantes que ponen a prueba tu capacidad
craneal por la de petardazos que te metes en el coco a cada bache. Las casa que
están más pegadas a esa carretera asfaltada son muy humildes, a penas
construcciones de cemento en forma de habitación dentro de las que hace su vida
entera una familia… o dos… o tres… A veces ni siquiera son de cemento, sino de
tronquitos finos de madera donde las puertas se improvisan con telas, eso sí,
de colores más que alegres. En el sitio donde vivo la basura se tira en cubos
dentro de casa para luego vaciarla en la calle y más tarde quemarla para usarla
como abono. Los chiquillos hacen sus necesidades en un rinconcito de la esquina
de la casa, en la calle, porque sólo algunos tienen una letrina comunitaria en
el jardín. De la misa forma llenan dos o tres baldes de agua y se lavan en la
misma calle, delante de la puerta de casa o en un rincón del improvisado
jardín. Aquí nadie se escandaliza. Bien mirado no hay de qué escandalizarse! Es
naturaleza en estado puro. Me encanta mi barrio. Las casas que están más metidas
hacia dentro son más grandes y es que aquí se construyen unos casalones
gigantescos que no se encalan ni se pintan, ni llevan puertas ni ventanas, ni
muebles, ni baño ni cocina… pero son gigantes y casi todas tienen un diseño
colonial que quita el hipo. En ellas viven dos o más familias y es que en el
sitio donde vivo, a pesar de no haber prácticamente familias polígamas tienen
todas más de tres hijos.
Todas las mañanas salimos de casa a eso de las ocho menos
poco (en mi barrio a los blancos se nos pegan las sábanas que da gusto!)y
siempre hay gente en la calle; mujeres cargando cestas enormes a la cabeza,
hombres en moto, niños que ya están pelando el maíz con sus madres sentados a
la puerta de casa. Todo el mundo saluda. Todo el mundo sonríe al saludar. Y
alguna que otra vez te cae un besito con olor a cereal molido. Cuando llegamos
al cole dispuestos a lijar y a pintar ventanas (por un módico precio soy capaz
de lijaros las de vuestro edificio entero en un tris!) los obreros que están
levantando la parte nueva del cole (la escuela primaria) ya están ahí. No digo
trabajando porque sería exagerar un poco. Me gusta el modus operandi; en la
obra puede haber 20 personas, 3 trabajan y los otros 17 miran, charlan, animan
al currante… Nadie se enfada, nadie dice al otro lo que tiene o no que hacer,
aquí cada uno sabe dónde está su sitio. A las doce volvemos a casa a comer
porque a las cuatro empiezan las clases. Estamos dando a los chicos talleres de
informática, de inglés y de teatro y lectura. Todos los talleres cuestan unos
2.500 CFAS, que vienen a ser unos 4 euros. Algún alumno no puede hacer frente
al gasto y en eso, entre otras cosas que ya os contaré más adelante, hemos
invertido parte del dinero que nos habéis dado algunos de vosotros y les hemos
pagado los talleres. Mientras los mayores van a clase los que no estamos dando
en ese momento cuidamos de la guardería, donde vienen de manera absolutamente
gratuíta todos los pequeñajos del barrio que quieran. Empezamos con siete u
ocho… ya vamos casi por treinta! Son inagotables! Pero disfrutan tanto que uno
se revienta a gusto. Cuando acaban las clases por la tarde es difícil que
vuelvan a casa y cuando conseguimos que todos enfilen el camino y nos subimos a
la furgoneta empieza el desfile de despedida; saludos, canciones, gritos,
carreras detrás de la pickup… Esto es una fiesta continua!!!
Os sigo contando cosas del sitio donde vivo. Aquí las motos
parece que se multiplican en cada esquina. Es rara la familia que no tenga una
y, claro, como hay que amortizar el gasto la usan todos… a la misma vez!!!
Hasta cuatro personas he llegado a contar subidos a una vespa!! Y no solo eso,
son tan osados que llevan consigo colchones, cajas de naranjas, bidones de gasolina
y antenas parabólicas. Sí mishijos… antenas parabólicas!! En el sitio donde
vivo cuando vas a poner gasolina en la gasolinera el empleado se acerca son su
mono gris con cremallera y con una pachorra tremenda te pregunta “qué querían?”
Cuarto y mitad de chopped me dan a mí ganas de contestar! Pues qué vamos a
querer? Gasolina! “Ah, no! Es que se acabó!” te dice el amable señor gastando
cero coma uno de energía. Y entonces la opción alternativa es comprar la
gasolina que venden en botellas de cristal sobre una mesa hecha con palos a los
pies de la carretera. Adrenalina pura se respira en mi barrio!!!
En el sitio donde vivo las mujeres son guapas y presumidas y
hay una peluquería prácticamente en cada esquina. Las niñas van peinadas con
trenzas y abalorios y las mayores usan pelucas de cualquier tipo y color.
Siempre van muy limpias, con trajes coloridos y chanclas a juego, todas llevan
pendientes de oro o de plata y gargantillas y pulseras y telas de colores atadas a la cabeza a modo
de perifollos cuando van a misa. Siempre acompañan a sus hijos, cuando van a
vender al mercado los sientan a sus pies en la arena del puesto y cuando pasean
los llevan atados a la espalda o como un rebaño alrededor de ellas.
Para cualquiera de nosotros sería fácil caer en la tentación
de interpretar todo lo que se ve (que se queda a una distancia infinita de lo
que yo pueda contar aquí) como pobreza extrema, como miseria… Pero no es así.
Hay pobreza, por supuesto que la hay… Pero aquí la vida se mide con una vara
distinta. Un albañil cobra una media de 50.000 CFAS (unos 65 euros) al mes y
con eso mantiene a su familia. Un profesor de universidad cobra 70 y pico mil
CFAS, haced las cuentas… Pero todos
buscan trabajos alternativos, venden en el mercado, hacen cosas para traer más
dinero a casa. Y casi todos comen, visten –bastante bien además- y hasta tienen
su motillo para moverse.
Poco o nada se parece esto a nuestras ciudades. Aquí no hay
parques, ni centros comerciales como los que conocemos nosotros. Aquí las
familias no se van a pasar el domingo a la playa ni de pateo al monte (porque
no hay monte, básicamente) pero sobre todo porque sus costumbres son otras.
Diferentes. Igual de enriquecedoras o más que las nuestras. Diferentes. Aquí no
hay tiendas de ropa ni grandes cadenas comerciales; los pequeños supermercados
son impensables para la mayoría de la población y además de caros no tienen una
oferta muy amplia en productos. A nuestros ojos, claro! Para ellos tienen todo
y más de lo que precisan en su vida. Aquí los niños lo que quieren es ir a la
escuela, no se paran a mirar en cómo o con qué. Muchos de nuestros alumnos
(chicos) llevan mochilas requeteheredadas de color rosa y con dibujitos de
Mickey o de Winnie de Pooh. No quiero ni pensar qué diría uno de los míos si le
dijese que llevase los libros al cole en semejante artefacto… Culturas
diferentes. Ni mejores ni peores. Sencilla y enriquecedoramente diferentes. Aquí
los niños también sueñan con ser médicos, secretarias, maestros; las chicas y
los chicos ligan y se mandan mensajes al móvil continuamente; las familias se
ponen guapas los domingos para ir a misa y profesar su profunda creencia
religiosa y el blanco… el blanco les estorba. Es una absoluta minoría (sirva
como ejemplo que hoy, después de nueve días aquí, he visto a los primeros blancos que no éramos
nosotros en nuestro paseo a Portonovo)
Tendría un millón de cosas más que contar del sitio donde
vivo pero me voy a quedar con esta hasta la próxima. En el sitio donde vivo atardece
muy rápido y anochece muy pronto y a las siete de la tarde tienes que estar muy
muy pendiente porque es seguro que el cielo africano te tiene preparado el
regalo del día a modo de crepúsculo fascinante, lleno de colores, de matices,
de los primeros sonidos de la noche, de los olores a tierra húmeda y de las
despedidas en fon (el dialecto que habla todo el mundo excepto nosotros)
Está claro que el hogar de uno se forja allá donde uno sea
feliz. Y aunque mi hogar está muy muy lejos de aquí y lo añoro cada minuto de
cada día; a pesar de eso, sé que en otra vida pero en este mismo mundo mi hogar
seguro que sería este. Mi barrio de Akassato. Ahora también un poquito el
vuestro…

Está claro que el mundo es muy grande y le mente de muchos de nosotros muuuy si con muuuuchas ues) estrecha..... Si fuésemos capaces de abrir solo un poco nuestra forma de mirar al mundo, si fuésemos capaces de ver sólo un poquito más allá de lo que nos rodea....Otro gallo nos cantaría.....
ResponderEliminarEres una persona muy afortunada, porque tu si ves más allá aún sin salir de tu hogar.....donde por cierto también se te añora cada minuto..