jueves, 2 de agosto de 2012

Y sin embargo te quiero…



Aquí me tienes, con la maleta a medio hacer, porque parece que si la hago del todo cierro de golpe el capítulo final y es eso, el final. Y mira que me has dado guerra… y mira que me has dado paz! Lo he dicho una y mil veces, no me gustan las despedidas. Las detesto hasta la saciedad.
Aún recuerdo la primera noche que llegué, porque era aún de noche, no habían dado las seis de la mañana, el camino del aeropuerto a casa fue una nebulosa, oscuridad salpicada por el color fluorescente de las botellas de gasolina que se venden a pie de carretera. Venía medio dormida y sabe dios cuánto me cuesta despertar. Todo era oscuro. Todo olía a viejo. La humedad me aplastaba las ideas contra la sesera. Bastó un café y dos horas de sueño para levantarme, abrir la puerta de mi dormitorio que da al infinito y llenarme de ti. Y nunca me dejaste ser una extraña a pesar de serlo y nunca me hiciste sentir fuera de lugar. Desde el primer día me indicaste que este era mi sitio, con las miradas curiosas pero acogedoras de los vecinos, con ese puñado de niños que soltaste en ese colegio para que llenaran mis días de locura, de curiosidad, de ternura, de kisinumis (dame un besito en fon) de preocupaciones, de buscar soluciones, de curiosidad… de vida en definitiva.
Venir contigo supuso dejar a los míos allá. Pero era ahora. Tenía que ocurrir. La primera vez que Jose y yo hablamos, el día que nos conocimos, hablamos de ti. Fuiste nuestro primer nexo de unión, el primero de una cadena infinita. Nunca imaginé que yo volvería y que él vendría a buscarme y a conocerte de mi mano. Eres parte de mi historia. Has hecho trozos de mí que nunca supe que podrían aflorar. Eras parte de un sueño, primero de un sueño mío, luego de un sueño nuestro. Y eres el mejor reflejo de que los sueños… de que los sueños sólo hay que despertarlos y agarrarlos de la mano muy fuerte.
Has sido mi maestra en tantas cosas. Me has hablado de la esclavitud de las cadenas y de la libertad del ser humano. Me has enseñado la miseria a la vuelta de una esquina y me has corroborado que esa miseria existe, que no es propaganda y ya. Me enseñaste también el valor de la palabra, sin documentos de por medio, la palabra sagrada, la del hombre honesto. Me has enseñado que la gente es feliz con una canción, con un buenas tardes, con un pastel de chocolate que sabe a rancio, con las gotas de la lluvia azotando la cara de repente. Me has mostrado la curiosidad y el afán de superación de tu generación nueva, la reivindicación a través de la cultura, del querer saber más y mejor.
Desde aquí, tan lejos pero tan cerca a la vez, me has permitido mirarme dentro, me has dado la oportunidad de mirar mi vida de frente, desde arriba, como una espectadora privilegiada en primera fila. Me has dejado ver a mis hijos, echarlos de menos, estudiarlos, valorarlos, echarlos más de menos aún, visionar una y otra vez en las palmas de mis manos sus últimos abrazos, sus risas escandalosas, sus te quieros a veces tímidos y a veces espontáneos, su enorme corazón y su inocencia maravillosa. Y dar gracias porque sean como son y porque estén donde están. Me has hecho mirar atrás y recordar que la primera vez que Jose y yo brindamos fue por la música y por ti. Y sentir de nuevo cada buenos días mi amor desde entonces, cada roce cálido de sus manos al tenerme cerca, cada noche en la cocina con charlas eternas mientras preparamos la cena, tantos sueños por cumplir después de ti. Me has escuchado dar gracias a la vida cada noche y cada mañana por tenerlos, por vivirlos y por disfrutarlos.
Aquí, en medio de la nada, me has mostrado a seres excepcionales, que entregan su vida cada día sin esperar otra cosa que la felicidad ajena, seres sublimes, llenos de humildad y de enseñanzas vivas. 
Me has puesto piedras en el camino, también. Me has quitado fuerzas, has alterado mi cuerpo, me has hecho sentir la soledad y la intransigencia, me has dado minutos de congoja. Pero enseguida me has hecho venir arriba. Porque estar aquí, en ti, era un logro, una meta, una prueba si quieres. Era una asignatura pendiente desde hacía ya un tiempo.
Y mañana se acaba la primera parte, mañana se cierran las puertas de la escuela, mañana cuelgo las brochas y la gasolina y quitaré las últimas manchas de pintura y respiraré aliviada por no tener que volver a abrirme las manos en mil grietas y a la vez tragaré nudos cuando piense que será el último día que los niños aparecerán por las mañanas sólo a saludar, medio en cueros, sucios y oliendo a leña ahumada, sólo a por su kisinumi de las mañanas y echaré de menos el café de las diez que Cyriane nos traía en el termo que olía fatal y que nos sabía a gloria bendita mientras contábamos batallas o heridas en los escalones del patio. Y extrañaré a rabiar cuando daban las cuatro de la tarde y entrábamos por el patio del colegio subidos a la pickup y los enanos ya se habían duchado, estaban untados en cremita que olía a cielo y se habían puesto sus trajes más bonitos y brincaban nada más vernos y corrían detrás del coche y se colgaban del cuello, de la pierna, de la mano y me hacían trenzas que luego me costaba deshacer cada noche y me llenaban de tierra porque había que tirarse al suelo con ellos, porque había que embarrarse de ellos.
Y pasado nos vamos al norte, a conocer esa otra parte, pero ahora sólo en la intimidad de nuestro sueño, sin blogs, sin publicaciones, sin nada más que nosotros dos, nuestra cámara y nuestras ganas de vivir.
Y sé que después, cuando llegue a casa, volverás a estar más presente que nunca y abriré la maleta de mí misma y empezaré a desenvolver con cuidado todo lo que me llevo de aquí, todo lo que me diste sin haberlo, siquiera, pedido. Sé que tardaré en deshacer ese equipaje. Habrá cosas que dolerán y las dejaré en un rinconcito para cuando esté más fuerte, otras querré enseñarlas en cuanto llegue a toda mi gente, algunas se quedarán colgadas en la pared de casa pero todas, absolutamente todas, seguirán estando siempre en las paredes de mi corazón.
Gracias, África, gracias una vez más por acogerme, por hacerme tuya, por haberme dejado estar en familia, como en casa, por recordarme qué poco necesito para ser feliz y qué grandes son los que me hacen feliz allá en mi casa.
Gracias por dejarme traer a mis amigos cada noche con tus imágenes, con las palabras a veces mejores y a veces peores que he sido capaz de enviar. Gracias por mostrarte tal y como eres. Grande, mágica, real, brutal y poderosa.
Hasta siempre…